Rijksmuseum: part 3 – Mauve, Anton -- Paarden bij het hek, 1878
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En primer plano, un prado verde se extiende hasta perderse en la lejanía, interrumpido por un pequeño arroyo serpenteante que refleja tenuemente el cielo nublado. Junto al arroyo, una cerca rústica sirve como punto focal para tres caballos: dos de color oscuro y uno blanco, agrupados como si estuvieran descansando o bebiendo agua. La presencia del caballo blanco introduce un elemento de contraste visual y simbólico; su pureza resalta en el contexto sombrío del paisaje.
La paleta cromática es deliberadamente restringida, con tonos terrosos, verdes apagados y grises dominantes que contribuyen a la sensación general de quietud y introspección. La luz, difusa y uniforme, elimina las sombras marcadas y suaviza los contornos, creando una impresión de bruma o niebla que envuelve el escenario.
Más allá de su valor descriptivo, esta composición parece sugerir una reflexión sobre la naturaleza transitoria del tiempo y la belleza austera del mundo rural. La ausencia de figuras humanas refuerza la sensación de aislamiento y contemplación. El paisaje no se presenta como un lugar de actividad o prosperidad, sino más bien como un espacio para la meditación y el recogimiento. Se intuye una cierta nostalgia en la representación, una evocación de un pasado idealizado donde la conexión con la tierra era más profunda y significativa. La composición invita a la reflexión sobre la fragilidad de la vida y la inevitabilidad del cambio, temas recurrentes en la pintura de finales del siglo XIX.