Rijksmuseum: part 3 – Maris, Matthijs -- Beek in het bos bij Oosterbeek, 1860
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El arroyo, reflejo del cielo nublado, actúa como un eje visual que guía la mirada hacia el interior del bosque. Su superficie, representada con pinceladas rápidas y brillantes, transmite movimiento y vitalidad. La luz se refleja en el agua, generando destellos que interrumpen la uniformidad de la tonalidad oscura predominante.
El autor ha dispuesto una serie de elementos para generar una atmósfera contemplativa y melancólica. La ausencia de figuras humanas o animales acentúa la sensación de soledad y aislamiento. El uso del color es deliberado: los tonos verdes, marrones y grises dominan la paleta, contribuyendo a un ambiente sombrío y tranquilo. La pincelada visible, característica del realismo, refuerza la impresión de una observación directa de la naturaleza.
Subyace en esta representación una posible reflexión sobre la fugacidad del tiempo y la transitoriedad de la belleza natural. El arroyo, símbolo de flujo constante, contrasta con la permanencia aparente de los árboles, sugiriendo un ciclo incesante de cambio y renovación. La atmósfera opresiva, aunque serena, podría interpretarse como una evocación de la melancolía romántica, donde la naturaleza se convierte en espejo del alma humana. La composición invita a la introspección y a la contemplación silenciosa de la grandeza y el misterio del mundo natural.