Rijksmuseum: part 3 – Meester van de Vrouwelijke Halffiguren -- Maria met kind, 1520-1540
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La mujer, sentada, irradia una serenidad melancólica. Su rostro, ovalado y delicado, está enmarcado por cabellos rojizos recogidos parcialmente con adornos. La mirada es baja, dirigida hacia el niño que la abraza. Sus manos desempeñan un papel crucial: una sostiene un racimo de cerezas, ofreciéndolas al infante, mientras que la otra se acerca a su pecho, insinuando una conexión maternal profunda y sutil. El gesto no es explícito; más bien sugiere una intimidad contenida, una protección silenciosa.
El niño, desnudo, exhibe una anatomía realista, con un modelado de los músculos que denota un estudio cuidadoso del cuerpo humano. Su expresión es curiosa, casi inquisitiva, y sus manos se extienden hacia las cerezas ofrecidas por su madre. La disposición de su cuerpo, ligeramente inclinado hacia ella, refuerza el vínculo afectivo entre ambos.
El colorido es notablemente restringido: predominan los tonos ocres, rojizos y verdes oscuros, con destellos de luz que resaltan la piel del niño y las texturas de las telas. El manto rojo drapeado sobre los hombros de la mujer aporta un contraste vibrante al conjunto, atrayendo la atención hacia su figura. El bordado en el borde del manto, aunque pequeño, revela una meticulosidad en el detalle que sugiere un encargo de cierta importancia.
Más allá de la representación literal de una madre e hijo, esta pintura parece explorar temas de ternura, protección y la fragilidad de la existencia humana. La ofrenda de las cerezas podría interpretarse como un símbolo de alimento, sustento y vida misma. La mirada baja de la mujer sugiere una reflexión interna, quizás sobre el destino del niño o sobre su propio papel en su cuidado. El fondo oscuro contribuye a crear una atmósfera contemplativa, invitando al espectador a sumergirse en la intimidad de este momento compartido. La composición, aunque sencilla en apariencia, encierra una complejidad emocional que invita a múltiples interpretaciones.