Rijksmuseum: part 3 – Werff, Adriaen van der -- Bellenblazend meisje bij een vanitas stilleven, 1680-1775
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Aquí se observa una escena de marcado contraste entre la juventud y la fugacidad de la vida. Una joven, con el cabello recogido en rizos sueltos y ataviada con un vestido que combina azul y blanco, ocupa el centro del campo visual. Su rostro, iluminado por una luz intensa proveniente de la izquierda, denota una expresión de despreocupación mientras sopla burbujas de jabón. Este gesto, aparentemente trivial, contrasta fuertemente con el entorno que la rodea.
El autor ha dispuesto un vanitas en primer plano, compuesto por objetos simbólicos de caducidad y transitoriedad. Un cráneo humano, posado sobre una mesa cubierta con un libro abierto, domina la composición. El libro, con su texto ilegible, sugiere el conocimiento inútil ante la inevitabilidad de la muerte. Además, se intuyen otros elementos que refuerzan esta temática: frutas maduras a punto de descomponerse, flores marchitas y posiblemente una lámpara apagada, todos ellos alusiones a la fragilidad de la belleza y los placeres mundanos.
La luz juega un papel crucial en la interpretación de la obra. Ilumina el rostro de la joven y las burbujas, creando una atmósfera de alegría efímera que se ve inmediatamente atenuada por la oscuridad que envuelve el resto de la escena. Esta dualidad lumínica acentúa la tensión entre la juventud y la muerte, la inocencia y la conciencia de la mortalidad.
La composición es cuidadosamente equilibrada: la figura femenina, aunque central, no eclipsa completamente los elementos del vanitas. El contraste entre la vivacidad de la joven y la frialdad del cráneo invita a una reflexión sobre el paso del tiempo y la importancia de valorar el presente antes de que se desvanezca. La escena parece sugerir una advertencia: aunque la juventud y el placer son atractivos, no deben impedirnos contemplar la realidad de nuestra propia finitud. La mirada de la joven, ligeramente desviada, podría interpretarse como una inconsciencia o un intento de ignorar los símbolos que le rodean, lo cual intensifica aún más el mensaje subyacente sobre la transitoriedad de la existencia.