Aquí se observa una composición religiosa de marcado carácter devocional. La figura central es una mujer, presumiblemente la Virgen María, sentada sobre un trono ricamente decorado. Sostiene en su regazo a un niño pequeño, que parece sostener un rollo o libro abierto. Su rostro denota una expresión serena y contemplativa, aunque con cierta melancolía perceptible en sus ojos. La vestimenta es opulenta, con telas de colores intensos y detalles bordados que sugieren su estatus elevado. A la izquierda de María, se encuentra un hombre mayor, identificado por su hábito y barba canosa como San Jerónimo. En el extremo derecho, otro personaje barbado, vestido con ropas sencillas pero robustas, porta una cruz en forma de T, aludiendo a la crucifixión. Su postura es firme y directa, transmitiendo una sensación de fortaleza espiritual. Un monje, arrodillado en primer plano, ocupa un lugar prominente en la composición. Su hábito blanco contrasta con los colores más vibrantes del resto de las figuras, atrayendo la atención hacia su gesto de súplica o adoración. La presencia de un cordero pastando cerca del monje introduce una simbología cristiana importante, representando a Cristo como el Cordero de Dios. El fondo está estructurado por un arco gótico que enmarca un paisaje urbano distante. Esta inclusión de elementos arquitectónicos y naturales crea una sensación de profundidad y sitúa la escena en un contexto más amplio, sugiriendo una conexión entre lo divino y lo terrenal. La luz, aunque uniforme, resalta los volúmenes y las texturas de las vestimentas, contribuyendo a la atmósfera solemne y reverente del conjunto. Subtextualmente, la pintura parece explorar temas de fe, devoción y redención. El trono sugiere la divinidad y el poder de la Virgen María, mientras que la presencia de los santos refuerza su papel como intercesora entre Dios y la humanidad. La figura arrodillada invita a la contemplación personal y al acto de oración. La inclusión del cordero simboliza el sacrificio redentor de Cristo. En general, se trata de una obra destinada a fomentar la piedad religiosa y a inspirar un sentimiento de devoción en el espectador.
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Provoost, Jan -- Tronende madonna met de heiligen Hieronymus en Johannes de Doper en een knielende karthuizer monnik, 1510 — Rijksmuseum: part 3
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A la izquierda de María, se encuentra un hombre mayor, identificado por su hábito y barba canosa como San Jerónimo. En el extremo derecho, otro personaje barbado, vestido con ropas sencillas pero robustas, porta una cruz en forma de T, aludiendo a la crucifixión. Su postura es firme y directa, transmitiendo una sensación de fortaleza espiritual.
Un monje, arrodillado en primer plano, ocupa un lugar prominente en la composición. Su hábito blanco contrasta con los colores más vibrantes del resto de las figuras, atrayendo la atención hacia su gesto de súplica o adoración. La presencia de un cordero pastando cerca del monje introduce una simbología cristiana importante, representando a Cristo como el Cordero de Dios.
El fondo está estructurado por un arco gótico que enmarca un paisaje urbano distante. Esta inclusión de elementos arquitectónicos y naturales crea una sensación de profundidad y sitúa la escena en un contexto más amplio, sugiriendo una conexión entre lo divino y lo terrenal. La luz, aunque uniforme, resalta los volúmenes y las texturas de las vestimentas, contribuyendo a la atmósfera solemne y reverente del conjunto.
Subtextualmente, la pintura parece explorar temas de fe, devoción y redención. El trono sugiere la divinidad y el poder de la Virgen María, mientras que la presencia de los santos refuerza su papel como intercesora entre Dios y la humanidad. La figura arrodillada invita a la contemplación personal y al acto de oración. La inclusión del cordero simboliza el sacrificio redentor de Cristo. En general, se trata de una obra destinada a fomentar la piedad religiosa y a inspirar un sentimiento de devoción en el espectador.