Rijksmuseum: part 4 – Suardi, Bartolommeo -- De aanbidding der herders, 1500-1535
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Al frente, una figura femenina, ataviada con ropas azules y un velo oscuro, sostiene en su regazo un niño pequeño. Su rostro denota una mezcla de ternura y recogimiento. A su lado, un hombre vestido con túnicas rojas observa la escena con gesto contemplativo, sus manos juntas sugiriendo reverencia o quizás preocupación. Un tercer personaje, anciano y apoyado en un bastón, se encuentra a la derecha, mirando hacia el centro de la composición con una expresión que podría interpretarse como asombro o devoción.
A la izquierda, un buey y una mula observan la escena desde la penumbra, contribuyendo a la atmósfera pastoral y al simbolismo tradicionalmente asociado a la Natividad. En primer plano, se aprecia un conjunto de botas descalzadas, cuyo significado es ambiguo; podrían indicar un viaje, una espera o simplemente pertenecer a los presentes en el momento representado.
La luz juega un papel crucial en la obra. Proviene principalmente del exterior, iluminando las figuras centrales y creando fuertes contrastes con las zonas más oscuras del porche. Esta iluminación resalta la importancia de los personajes principales y dirige la mirada del espectador hacia ellos.
El paisaje que se vislumbra tras el porche es notablemente detallado, con montañas cubiertas de vegetación y un río serpenteante que desaparece en la distancia. La atmósfera brumosa le confiere una sensación de profundidad y misterio, sugiriendo una conexión entre lo terrenal y lo divino.
Más allá de la representación literal de la adoración, esta pintura parece explorar temas como la humildad, la fe y el asombro ante lo sagrado. La arquitectura del porche, que a la vez protege y enmarca la escena, podría interpretarse como una metáfora de la Iglesia o de un espacio de refugio espiritual. La presencia de los animales y el paisaje agreste refuerzan la idea de un nacimiento humilde, alejado de la opulencia terrenal. La disposición de las figuras, con sus gestos y miradas dirigidas hacia el niño, transmite una sensación de recogimiento y devoción que invita a la contemplación.