Bartolome Esteban Murillo – The Vision to St. Francis at Porziuncola
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En lo alto, una cruz de madera se alza como punto focal vertical, simbolizando sacrificio y redención. A su alrededor, dos figuras principales ocupan el espacio: una figura masculina, con rasgos serenos y una expresión de compasión, y una femenina, que parece interceder o mediar entre la divinidad y el humilde observador. Ambas están envueltas en un halo de luz dorada, reforzando su naturaleza celestial. Un grupo de querubines flota a su alrededor, esparciendo pétalos blancos que caen verticalmente hacia abajo, creando una lluvia simbólica de gracia y bendición.
La figura arrodillada, vestida con hábitos marrones, se presenta en un gesto de profunda veneración y súplica. Sus manos extendidas expresan tanto la humildad como el anhelo espiritual. Su rostro está inclinado, ocultando parcialmente su expresión, pero transmitiendo una intensa emoción religiosa. Los pétalos que caen también recaen sobre él, marcando su participación en este momento místico.
La composición se articula a través de líneas diagonales ascendentes, desde la figura arrodillada hasta las figuras celestiales, generando una sensación de elevación y trascendencia. La luz juega un papel fundamental, no solo para resaltar las figuras principales, sino también para crear una atmósfera de misterio y espiritualidad.
Subtextualmente, la pintura parece explorar temas como la fe, la intercesión divina, el arrepentimiento y la gracia. La presencia de los querubines y los pétalos sugiere un momento de revelación o epifanía, donde lo terrenal se conecta con lo divino. La figura femenina podría interpretarse como una representación de la misericordia maternal, mientras que la figura masculina encarna la divinidad misma. El gesto del hombre arrodillado invita a la contemplación y a la reflexión sobre la relación entre el individuo y lo sagrado. La oscuridad en la base sugiere un mundo terrenal, imperfecto, desde donde se busca la iluminación.