Rijksmuseum: part 2 – Lievens, Jan -- Simson en Delila, 1630-1635
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El anciano, situado en segundo plano, exhibe una expresión de intensa concentración, casi de malicia, mientras sostiene unas tijeras con firmeza. Su rostro está surcado por arrugas que sugieren experiencia y astucia, y la luz incide sobre sus ojos, intensificando su mirada penetrante. La posición de sus manos, una extendida en un gesto imperativo, refuerza la idea de control y manipulación.
La mujer joven se presenta como el elemento central de la escena. Su perfil es nítido, con una expresión que oscila entre la complacencia y una sutil ambivalencia. El velo que cubre su cabello y los adornos que lucen sus orejas denotan un estatus social elevado, pero su postura, inclinada hacia el hombre sometido, sugiere complicidad en la acción que se desarrolla.
El individuo prostrado ocupa la parte inferior de la composición. Su cuerpo está representado con una anatomía detallada, evidenciando una musculatura poderosa. Su rostro expresa dolor y resignación; los ojos están cerrados o mirando hacia abajo, indicando sumisión y vulnerabilidad. La forma en que la mujer lo abraza, aunque pueda interpretarse como un gesto de consuelo, también puede leerse como una manifestación de dominio.
La paleta cromática es dominada por tonos oscuros y terrosos, con destellos de luz que resaltan las áreas clave: el rostro del anciano, los adornos de la mujer y la musculatura del hombre prostrado. Esta iluminación dramática contribuye a crear una atmósfera de tensión y misterio.
Subtextualmente, la obra parece explorar temas como la traición, el poder, la seducción y la vulnerabilidad humana. La relación entre las tres figuras sugiere una dinámica de manipulación donde la fuerza física es contrarrestada por la astucia y la persuasión. La presencia de las tijeras introduce un elemento de amenaza latente, insinuando la posibilidad de un daño inminente. El contraste entre la belleza de la mujer y la brutalidad del acto que presenciamos invita a una reflexión sobre la naturaleza humana y los límites de la moralidad. La escena evoca una sensación de fatalismo, sugiriendo que el destino del hombre prostrado está sellado por las acciones de aquellos que lo rodean.