Rijksmuseum: part 2 – Courbet, Gustave -- Landschap met rotsen en waterval, 1872
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La vegetación, densa y oscura en los laterales, se adhiere a la base de la roca, creando una frondosa cortina que limita la visión del terreno inferior. En la parte superior, un hilo de árboles más claros, con matices verdosos y amarillentos, alude a una extensión boscosa más allá de la pared rocosa, insinuando profundidad sin revelarla completamente. El cielo, cubierto por una bruma grisácea, contribuye a la atmósfera melancólica y contemplativa del conjunto.
La composición se caracteriza por su asimetría deliberada; el peso visual recae sobre el lado izquierdo, donde la roca es más imponente y la vegetación más densa. Esta distribución genera una sensación de desequilibrio que invita al espectador a buscar un punto de estabilidad en la escena. La ausencia de figuras humanas o elementos narrativos explícitos refuerza la impresión de un paisaje puro, desprovisto de artificios.
Más allá de la mera representación de un accidente geográfico, el autor parece interesado en explorar la relación entre la naturaleza y el tiempo. La roca, símbolo de permanencia e inmutabilidad, contrasta con la fugacidad del agua que fluye y la transitoriedad de la vegetación. La atmósfera brumosa sugiere una reflexión sobre la percepción y la memoria, difuminando los contornos y atenuando los colores. Se intuye una invitación a la introspección, un llamado a contemplar la grandeza silenciosa del mundo natural y su capacidad para trascender las preocupaciones humanas. La pintura evoca una sensación de soledad y melancolía, pero también de respeto profundo por el poderío implacable de la naturaleza.