Rijksmuseum: part 1 – Neer, Aert van der -- Riviergezicht bij maanlicht, 1630 - 1700
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La paleta cromática es restringida, centrada en tonos oscuros de azul, marrón y gris, acentuados por los reflejos plateados del agua bajo el resplandor lunar. La luz no es uniforme; se concentra en áreas específicas, creando contrastes dramáticos que enfatizan la atmósfera melancólica y misteriosa de la escena. La luna, ubicada en un punto central pero ligeramente desplazado hacia la derecha, actúa como fuente lumínica principal, proyectando su brillo sobre el agua y los edificios cercanos.
El detalle en las construcciones del primer plano es notable; se aprecia la textura de la piedra y el ladrillo, así como la actividad humana sugerida por las figuras reunidas alrededor de una ventana iluminada. En contraste, la ciudad lejana está representada con pinceladas más sueltas y difusas, casi etéreas, lo que sugiere distancia e inalcanzabilidad. La presencia de un campanario en el horizonte apunta a una comunidad organizada, aunque envuelta en la oscuridad.
La composición invita a la contemplación. El agua, como espejo, refleja tanto la luz lunar como las sombras del paisaje circundante, creando una sensación de profundidad y ambigüedad. El silencio visual es palpable; no hay sonidos evidentes, solo la sugerencia de una quietud nocturna interrumpida por el humo que asciende de las chimeneas.
Subtextualmente, la obra podría interpretarse como una reflexión sobre la fragilidad humana frente a la inmensidad de la naturaleza. La luz de la luna, símbolo tradicional de lo divino o lo trascendente, ilumina un mundo cotidiano y terrenal, pero no disipa por completo las sombras que lo envuelven. La escena evoca sentimientos de soledad, introspección y una cierta nostalgia por el paso del tiempo. El contraste entre la actividad humana en primer plano y la lejanía de la ciudad sugiere una reflexión sobre la conexión entre el individuo y la comunidad, así como sobre los límites de la percepción humana.