Rijksmuseum: part 1 – Colijns, David -- De hemelvaart van Elia, 1627
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En el tercio inferior, predominan los tonos terrosos y verdosos, creando una atmósfera densa y opresiva. Se distingue una figura central, vestida con ropajes largos y claros, que avanza hacia adelante con gesto de súplica o contemplación. Su postura es dinámica, con la cabeza alzada y el brazo extendido, sosteniendo un objeto alargado – presumiblemente un báculo o vara – que apunta hacia el cielo. A su alrededor, una vegetación espesa y en penumbra sugiere un entorno agreste y salvaje. Se intuyen otras figuras humanas a lo lejos, difuminadas por la oscuridad, como testigos silenciosos del evento que se desarrolla.
En contraste con esta zona oscura, la parte superior del cuadro irradia luz y color. Una figura ascendente, aparentemente transportada en un carro tirado por caballos blancos, emerge entre nubes rojizas y doradas. La iluminación intensa resalta su figura, otorgándole una cualidad casi divina o celestial. El cielo se presenta como un espacio abierto y trascendente, que invita a la elevación espiritual.
La composición sugiere una narrativa de ascensión y transformación. La figura en primer plano parece ser un profeta o líder religioso, presenciando el ascenso milagroso de otro individuo hacia los cielos. El contraste entre la oscuridad terrenal y la luz celestial enfatiza la dicotomía entre lo humano y lo divino, lo mundano y lo trascendente.
La técnica pictórica es notable por su uso del claroscuro, que intensifica el dramatismo de la escena y crea una sensación de profundidad. La pincelada es visible y expresiva, contribuyendo a la atmósfera emotiva de la obra. El paisaje, aunque estilizado, sugiere un entorno natural específico, posiblemente montañoso o boscoso.
Subtextualmente, la pintura podría interpretarse como una alegoría sobre la fe, la esperanza y el poder de lo sobrenatural. La figura en primer plano representa quizás la devoción humana ante la divinidad, mientras que la ascensión del carro simboliza la promesa de salvación y vida eterna. El uso de colores cálidos y fríos refuerza esta dualidad entre el mundo terrenal y el reino celestial.