Abraham van Diepenbeeck (Attributed) – Neptune and Amphitrite
Ubicación: National Museum (Nationalmuseum), Stockholm.
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En el centro, sobre una plataforma rocosa que emerge de las aguas, dos personajes principales dominan la escena: un hombre barbudo, ataviado con vestimentas rojizas y portador de un tridente, y una mujer de cabellos dorados, adornada con un manto carmesí. Su posición elevada sugiere su estatus divino, posiblemente representando a figuras asociadas al dominio del mar. La plataforma se eleva sobre una multitud de cuerpos desnudos, tanto masculinos como femeninos, que parecen surgir de las profundidades o ser arrastrados por la corriente. Estos personajes exhiben expresiones de sorpresa, temor y éxtasis, contribuyendo a la atmósfera general de movimiento y caos controlado.
El primer plano está saturado de figuras en actitudes variadas: algunos se retuercen bajo el agua, otros luchan por mantenerse a flote, mientras que otros parecen ofrecer ofrendas o participar en una especie de ritual acuático. La presencia de un caballo marino, junto con otras criaturas marinas estilizadas, refuerza la temática oceánica.
En el cielo, un carro tirado por caballos alados se abre paso entre las nubes, iluminando la escena con su resplandor dorado. Esta figura celeste introduce una dimensión adicional a la composición, sugiriendo una conexión entre los reinos acuático y celestial. La luz, aunque difusa, enfatiza el dramatismo de la situación, creando contrastes que resaltan la musculatura de las figuras y la textura del agua.
Subtextualmente, la obra parece explorar temas de poder, dominio y la relación entre lo humano y lo divino. La multitud de figuras en el primer plano podría interpretarse como una representación de los mortales sometidos a la voluntad de los dioses, o quizás como un comentario sobre la naturaleza caprichosa del destino. La yuxtaposición de la calma aparente de las figuras centrales con el caos que les rodea sugiere una tensión inherente entre orden y desorden, control y libertad. La escena evoca una sensación de grandiosidad y misterio, invitando a la contemplación sobre los límites del conocimiento humano frente a la inmensidad de lo divino. La paleta de colores cálidos, dominada por tonos rojizos, dorados y ocres, contribuye a crear una atmósfera opulenta y teatral.