Metropolitan Museum: part 2 – Hieronymus Bosch - The Adoration of the Magi
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La escena representada se desarrolla en un espacio arquitectónico peculiar, que combina elementos de ruinas y una estructura construida con cierta premura. El edificio, aunque incompleto, sirve como escenario para la adoración de un niño pequeño, situado en el centro de la composición sobre un cojín dorado. La Virgen María, vestida con ropas azules, sostiene al infante, quien parece ser el foco principal de atención.
A su alrededor, se arrodillan tres figuras que parecen ofrecer tributo. El personaje a la derecha destaca por su atuendo suntuoso y su corona, sugiriendo un estatus elevado. Los otros dos personajes presentan vestimentas más modestas, aunque igualmente reverentes. Un pequeño perro blanco aparece en primer plano, observando la escena con curiosidad.
En el fondo, se vislumbra un paisaje amplio que contrasta con el espacio confinado de la estructura principal. Se distinguen figuras humanas realizando diversas actividades, como caminar o montar a caballo, lo cual introduce una sensación de vida cotidiana en contraste con el evento sagrado que tiene lugar. Dos ángeles surcan los cielos sobre el edificio, añadiendo un elemento celestial a la composición.
La pintura presenta una serie de elementos simbólicos sutiles. La ruina parcial del edificio podría aludir a la fragilidad del mundo terrenal y la necesidad de una nueva era espiritual. El paisaje en el fondo, con sus actividades mundanas, puede representar la vida antes de la llegada del Mesías. La presencia de animales, como el buey y el perro, podría simbolizar la humildad y la fidelidad.
La luz, aunque difusa, se concentra sobre la figura del niño, enfatizando su importancia. Los colores son ricos y vibrantes, pero no estridentes, creando una atmósfera de solemnidad y reverencia. La composición es equilibrada, con un claro eje central en torno a la Virgen María y el infante.
En general, la obra sugiere una reflexión sobre la encarnación divina y su impacto en el mundo terrenal. Se percibe una tensión entre lo sagrado y lo profano, lo antiguo y lo nuevo, lo celestial y lo mundano. La escena no se presenta como un evento aislado, sino como parte de un contexto más amplio que abarca la historia humana y la búsqueda espiritual.