Metropolitan Museum: part 4 – Workshop of Andrea del Verrocchio - Madonna and Child
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El Niño, de constitución robusta y piel rosada, levanta una mano en un gesto ambiguo; podría interpretarse como una bendición o simplemente como una expresión de curiosidad infantil. La luz incide sobre su cuerpo desnudo, resaltando la delicadeza de sus facciones y la textura de la piel. Un halo dorado lo rodea, enfatizando su naturaleza divina.
El vestuario de la Virgen es notable por su riqueza y detalle. El manto azul oscuro, adornado con un borde verde esmeralda, contrasta con el interior de su túnica anaranjada, creando una sensación de profundidad y volumen. La meticulosa representación de los pliegues textiles sugiere una maestría técnica considerable en el manejo de la pintura al óleo.
En primer plano, sobre una superficie horizontal que actúa como repisa o pedestal, se disponen unas pocas cerezas dispersas. Este detalle, aparentemente secundario, introduce un elemento simbólico complejo. Las cerezas, a menudo asociadas con la fertilidad y la inocencia, podrían aludir a la maternidad de María y a la naturaleza divina del Niño. Su disposición casual, casi descuidada, aporta una nota de realismo que contrasta con la idealización de las figuras principales.
El fondo, difuminado y poco definido, presenta un paisaje montañoso sugerido por pinceladas suaves y tonos verdosos. Esta ausencia de detalles concretos permite al espectador concentrarse en los personajes centrales y en su interacción. La atmósfera general es de recogimiento y quietud, invitando a la reflexión sobre temas como la maternidad, la divinidad y la redención.
La composición, aunque tradicional en su iconografía, se distingue por una cierta naturalidad en las poses y expresiones de los personajes. No hay grandilocuencia ni artificio; más bien, se aprecia un intento de representar la escena con sencillez y sinceridad. La luz, suave y difusa, contribuye a crear una atmósfera íntima y contemplativa que refuerza el carácter devocional de la obra.