Un resumen de "Los caminos del clasicismo en el arte" de Leon Bakst
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Este libro es un ensayo filosófico y crítico de 1909 que reflexiona sobre la crisis del arte visual europeo y la constante lucha entre el clasicismo y el romanticismo. El autor traza una clara línea entre la pérdida del auténtico arte del Renacimiento y los movimientos artísticos fragmentados del siglo XX, demostrando la pérdida de una conexión vital entre los pintores contemporáneos y la larga tradición de maestría.
La escisión en la pintura francesa
La primavera del siglo XX encuentra al arte en una época de deshielo total. El aire cálido es brumoso y rebosa de nuevas criaturas con alas brillantes y frágiles destinadas a vivir solo un día. Los artistas reformistas franceses están en constante conflicto. Bakst enumera las numerosas escuelas que han surgido: impresionistas, puntillistas, divisionistas, simbolistas, intimistas, visionistas, sensualistas y neoclasicistas. El mundo artístico busca constantemente nuevas perspectivas sobre la pintura.
La expresión de Gustave Courbet, «Se observa», fue en su día muy apreciada, pues descartaba cualquier irrealidad como una mentira pretenciosa. Courbet incluso amenazó: «Si ahora pudiera conocer milagrosamente a Guercino, lo mataría en el acto por sus escandalosas mentiras». Más tarde, el público comenzó a buscar «ambiente», luego «estilo» o «estilización», y más tarde aún, «misticismo» y «ritmo». Estas frases clave reflejan la turbulenta historia de los gustos cambiantes de los últimos treinta años.
La pérdida de una gran escuela y del sistema de talleres
Numerosos movimientos surgen de la desaparición de una antigua tradición que había perdurado casi ininterrumpidamente desde el siglo XIII. Los historiadores del arte a menudo pasan por alto esta colosal pérdida. La verdadera formación artesanal está casi completamente olvidada hoy en día. Bakst recuerda haber encargado a un anciano maestro la talla de una gran pintura sobre vidrio. El vidriero, con sus rasgos campesinos, trazó con facilidad una línea ondulada perfecta con un diamante y recortó el exceso con alicates. Este sencillo artesano conservó las habilidades de su taller, mientras que una academia especializada no logró impartirle al artista habilidades prácticas similares.
El verdadero aprendizaje existía en la antigua Italia. Giorgio Vasari contaba una historia sobre el maestro florentino Giotto. Un enviado del papa Benedicto IX exigió ver bocetos para futuros encargos. Giotto apoyó el codo en la rodilla y dibujó un círculo perfecto con pintura roja. El gesto demostró convincentemente la superioridad del artista sobre sus competidores. En los talleres de Domenico Ghirlandaio, los aprendices trabajaban codo con codo con su maestro, realizando el trabajo básico. Aprendices de doce años presenciaban todo el proceso de creación de una pintura, aprendiendo de sus mayores.
La lucha de ideales en el siglo XIX
El siglo pasado estuvo marcado por la incesante lucha entre los clasicistas y los románticos. Jacques-Louis David rompió bruscamente los viejos vínculos. Intentó, ingenuamente, trasplantar los cánones de la escultura griega antigua a suelo francés. David quería alcanzar instantáneamente la belleza absoluta que maestros antiguos como Escopas, Fidias y Policleto habían buscado durante siglos. El reformador aceptó los resultados de épocas pasadas al pie de la letra, simplemente imprimiendo estándares extranjeros en sus lienzos. Le sucedió Jean-Auguste-Dominique Ingres, quien continuó esta árida línea académica.
El Romanticismo buscó lo sublime en lo cotidiano. El brillante Jean-François Millet fijó su mirada en los campesinos franceses. El artista halló hermosas siluetas entre los sencillos trabajadores, negándose a copiar a los héroes griegos. La generación moderna, en cambio, conoce demasiado bien la historia de las bellas artes. Esta vasta erudición ha generado en los artistas una actitud temerosa hacia la antigüedad. Los naturalistas, en su día, rechazaron con altivez las viejas escuelas, exceptuando solo a Frans Hals, Velázquez y Rembrandt.
Coleccionismo y miedo al pasado
La gente está acostumbrada a colocar en una vitrina con igual reverencia el estuche de gafas de una anciana bretona y una obra maestra de Tintoretto. El autor se indigna con los coleccionistas estetas que buscan consuelo en la crudeza moderna, en los artefactos del pasado. Los clavos de los edificios de Catalina la Grande pueden ser más curiosos que los de hoy, pero no sustituyen la creatividad viva. Los espectadores se horrorizan al pensar que los frescos de Pinturicchio fueron pintados encima para dar paso a las obras de Rafael en el Vaticano. Los restauradores quieren preservar todas las capas pictóricas. Este temor religioso a las cosas antiguas paraliza el modernismo, que se guarda en la antesala de los coleccionistas. Esta actitud protectora demuestra la falta de confianza en sí mismos de los artistas.
La sinceridad del arte y el miedo a la desnudez
Dos tercios de las pinturas surgen de la mente, no de un imperativo interior. Los dibujos infantiles poseen una sinceridad y expresividad especiales, ya que los temas conmueven profundamente al niño. Los niños dibujan sintéticamente, eligiendo sus objetos favoritos: una casa, un motor, una locomotora, un perro o una niña. La mirada del joven artista se centra en lo esencial, omitiendo con indiferencia los detalles aburridos. Estas obras siempre presentan movimiento: granizo, nieve cayendo, un avión surcando el aire. Sin embargo, a los doce años, los dibujos se vuelven rígidos, apagados y fríos, adquiriendo la convencionalidad del buen gusto. Los artistas adultos a menudo olvidan por completo cómo resaltar sus elementos favoritos en el lienzo.
Los pintores actuales ocultan la figura humana en la naturaleza. En las exposiciones del Salón, el público ve jardines, bulevares, macetas y melocotones. Las escuelas de Paul Signac, Paul Cézanne y Claude Monet han despoblado casi por completo sus lienzos. El desnudo humano aterroriza a los artistas con su perfección, antaño plasmada en la antigua escultura de Praxíteles. Solo recientemente ha surgido un tímido interés por las gráciles poses de los bailarines y la pureza de las líneas del cuerpo, que resalta sobre la suave tela como una estatua de museo.
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