Un resumen de "Floridas" de Lucio Apuleyo
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La colección de fragmentos oratorios y declamaciones conocida como las Florides se creó en el siglo II d. C., durante el auge de la llamada "segunda sofistería". Esta obra es una antología de veintitrés fragmentos de discursos pronunciados por el famoso escritor y retórico romano en Cartago y otras ciudades del África romana. La característica más significativa del libro es la demostración del virtuoso dominio de la palabra y la vasta erudición del autor, quien aborda la filosofía, la biología, la mitología y la vida cotidiana con igual soltura, tejiendo un tapiz unificado de cultura intelectual antigua a partir de temas dispares.
La obra carece de una trama central, pero se unifica gracias a la figura del narrador: un filósofo platónico que se dirige a un público. El texto se conservó gracias a copistas posteriores y ha llegado hasta nosotros como un ejemplo del alto arte retórico de la Antigüedad tardía.
El camino del orador y la visión del alma
La narración comienza con una comparación del discurso de un orador con un ritual sagrado. Los viajeros piadosos, al encontrarse con un santuario o un altar adornado con flores en el camino, invariablemente se detienen a orar. Apuleyo argumenta que llegar a una ciudad venerada lo obliga a detenerse en su prisa y pronunciar un discurso, expresando su respeto por su público. Para él, este acto equivale al culto religioso.
Desarrollando el tema de la percepción, el autor recurre a la imagen de Sócrates. El gran filósofo pidió una vez a un joven apuesto que hablara para poder "verlo", creyendo que la verdadera visión reside en el alma, no en los ojos. Si la primacía de la sabiduría dependiera de la agudeza de la visión física, entonces el águila sería reconocida como la reina de los sabios. Esta ave, que se eleva hasta las alturas más allá de las nubes, donde no hay lluvia ni relámpagos, es capaz de avistar la presa más pequeña — una liebre o un cordero — desde sus inmensas alturas, solo para caer sobre ella como una piedra. Los humanos, sin embargo, solo vemos a corta distancia, como a través de la niebla.
El mito de Marsias y la crítica de la ignorancia
El orador recurre a la historia de la música, citando a Hyagnis, padre del flautista Marsias. Hyagnis fue el primero en perfeccionar la flauta, utilizando ambas manos y dos instrumentos simultáneamente. Su hijo Marsias, un bárbaro de aspecto salvaje, se atrevió a competir en el arte musical con el mismísimo Apolo. Las Musas y Minerva actuaron como jueces. Marsias, sin darse cuenta de que se burlaban de él, denigró la belleza y la gracia de Apolo como signos de afeminamiento, haciendo alarde de su propia cabellera desaliñada y su suciedad como signos de virilidad. El resultado de la contienda fue horroroso: el derrotado Marsias fue desollado vivo, con la carne colgando hecha jirones.
El tema de la música continúa en la historia del flautista Antigenides, quien se indignó cuando a los trompeteros funerarios se les llamó flautistas. El autor establece un paralelismo con el teatro y los juegos de gladiadores: los atributos externos, como una toga o una capa, pueden pertenecer a un filósofo, un cadáver o un asesino, pero la esencia de una persona está determinada por sus acciones y habilidad.
Los sabios de la India y la imagen de Alejandro
Apuleyo transporta a sus oyentes a la lejana India, describiendo las maravillas de Oriente, desde vastos ríos hasta batallas entre dragones y elefantes. Sin embargo, admira sobre todo a los gimnosofistas — sabios desnudos — . No practican la agricultura ni la ganadería, sino que veneran la sabiduría. Tienen una ley estricta: solo se permite comer a los jóvenes o ancianos que puedan demostrar que han realizado una buena acción, dado un consejo sabio o aprendido algo nuevo durante el día. A los perezosos se les expulsa con hambre.
Alejandro Magno también valoraba la grandeza de espíritu. Preocupado por preservar su imagen durante siglos, emitió un decreto que permitía que solo tres de los grandes maestros lo representaran: Policleto (en bronce), Apeles (en pintura) y Pirgoteles (en piedra). Apuleyo lamenta que la filosofía carezca de una ley similar: muchos ignorantes se disfrazan de filósofos, pero con sus malas palabras y vidas innobles solo deshonran la ciencia real.
Elogio a los gobernantes y protección de la reputación
Una parte importante de los discursos se dedica a elogiar a los gobernadores romanos en África. Apuleyo se dirige al procónsul Severiano y a su hijo Honorino, elogiando su justicia y moderación. Compara su labor con la de un heraldo, pero enfatiza que las palabras del filósofo quedan registradas y preservadas para siempre, por lo que no hay margen para el error ni la negligencia.
El orador recuerda al sofista Hipias, quien se jactaba de que todo lo que vestía, desde su capa hasta su anillo y su frasco de aceite, era obra de sus propias manos. Apuleyo admite su ignorancia de las artesanías, declarando que su única herramienta es una simple caña de escribir. Se enorgullece de escribir poemas, discursos y diálogos en dos idiomas (griego y latín) con igual celo, sirviendo a las nueve Musas.
Voces de loros y pájaros
El texto contiene una descripción detallada del loro, un ave india de pico duro que usa como apoyo al trepar rocas. Apuleyo destaca la capacidad del loro para imitar el habla humana gracias a su amplia lengua. Sin embargo, el ave simplemente repite mecánicamente lo aprendido: si se le enseña a maldecir, maldecirá sin parar. A diferencia de las aves, que cantan solo a ciertas horas del día (los gallos al amanecer, los búhos por la noche), un filósofo debe instruir constantemente a la gente, marcando la diferencia con su elocuencia.
El ascetismo filosófico y el ejemplo de Crates
Apuleyo cuenta la historia del cínico Crates. Siendo un hombre rico y noble, Crates un día se dio cuenta de la carga que suponía poseer propiedades. Despilfarró su fortuna, exclamando: "¡Crates libera a Crates!", y comenzó a vivir libre de todo. Una noble de Hiparco, tras rechazar pretendientes adinerados, quiso casarse con él. Crates, intentando disuadirla, se quitó la capa, dejando al descubierto su joroba y su saco de mendigo, declarando que esas eran todas sus posesiones. La joven aceptó las condiciones. Su matrimonio se celebró públicamente en el pórtico, y solo su discípulo Zenón los protegió de las miradas indiscretas con su capa.
Pitágoras y las Antigüedades Samias
Al describir la isla de Samos y el templo de Juno, el autor menciona una estatua del joven Báfilo, erróneamente considerada una representación de Pitágoras. El propio Pitágoras, originario de Samos, emprendió un largo viaje de aprendizaje. Estuvo cautivo en Egipto, estudió con magos persas y caldeos, y conversó con gimnosofistas indios. A su regreso, fundó una escuela donde la primera regla para los estudiantes era el silencio prolongado. Apuleyo afirma que él mismo, siguiendo la tradición de Platón, aprendió el momento adecuado para hablar y el momento adecuado para guardar silencio.
La muerte del poeta Filemón y la enfermedad de Apuleyo
El orador agradece a los cartagineses su decisión de erigirle una estatua y explica su larga ausencia por enfermedad. Cita la historia del poeta cómico Filemón. Un día, Filemón leía una obra nueva al público, pero la lluvia interrumpió la lectura en el momento más interesante. Al día siguiente, una gran multitud se reunió en el teatro, esperando el desenlace, pero el poeta no apareció. Quienes lo buscaron lo encontraron muerto, inmóvil, meditando sobre un pergamino. El poeta, tras completar la obra de su vida, se vio obligado a ir no al teatro, sino a la tumba.
Apuleyo relata una experiencia similar: tras torcerse el tobillo en la palestra, estuvo a punto de morir de dolor y conmoción, pero las aguas curativas y la ayuda de los médicos lo devolvieron a la vida. Ahora se presenta ante el público, aunque no completamente recuperado, para expresar su gratitud a Emiliano Estrabón por iniciar la construcción de la estatua.
Gloria, medicina y sabiduría.
En un discurso a Escipión Orfito, Apuleyo habla de los beneficios de la práctica: una espada se oxida sin uso y una voz se debilita sin práctica. A diferencia de Orfeo, que cantaba solo a las rocas y a los animales, Apuleyo prefiere actuar ante una multitud, beneficiando así a la sociedad.
También me viene a la mente la historia del sofista Protágoras y su alumno Euatlo. El estudiante prometió pagar su matrícula al ganar su primer caso judicial, pero luego, astutamente, evitó comparecer. Protágoras lo demandó, creando una trampa lógica que el estudiante logró usar contra su maestro. Apuleyo contrasta esta codicia sofista con la sabiduría de Tales de Mileto, quien solo pidió una cosa por su gran descubrimiento astronómico: que sus alumnos se lo atribuyeran honestamente a él, no a sí mismos.
La colección concluye con historias de médicos. El famoso médico Asclepíades se encontró en una ocasión con una procesión fúnebre. Tras examinar al "muerto", descubrió una chispa de vida en su interior y, a pesar de las burlas de la multitud, logró revivirlo, arrebatándolo literalmente de las manos de los sepultureros.
En el pasaje final, Apuleyo compara un hogar adinerado, donde todo está disponible excepto el dueño, con un barco sin timonel. Si una persona está enferma, ni los techos de oro ni la multitud de sirvientes le ayudarán. El médico le toma el pulso, prescribe una dieta, y el lujo del entorno pierde su sentido ante la enfermedad. «Su alta posición no puede ayudarle en nada en este caso».
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