"Pablo Agustín" de Dmitry Merezhkovsky, resumen
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Este libro es una biografía religiosa y filosófica de dos de los más grandes pensadores cristianos, escrita en 1936. El autor traza un marcado paralelismo histórico entre los destinos de los primeros cristianos y los de la época moderna. Retrata al apóstol Pablo y a san Agustín como buscadores solitarios de la verdad que vivieron durante períodos cruciales de colapso de la civilización y cuyos tormentos espirituales son sorprendentemente similares a las dudas de nuestros contemporáneos.
El primer santo de la historia
El apóstol Pablo emerge como el primer santo de un orden terrenal verdaderamente histórico, en contraste con los discípulos semimísticos de Jesús. Pablo es originario de Tarso, un hombre con dos almas: helénica y judía. De niño, mientras trabajaba en un telar en el taller de su padre, Saulo se atormentaba ante la disyuntiva entre el Mesías triunfante y el Siervo sufriente del Señor. De repente, el joven ve una luz interior cegadora y experimenta un éxtasis al tercer cielo. Esta visión se desvanece rápidamente, seguida de un largo período de ceguera espiritual.
Persecución e iluminación
Tras partir hacia Jerusalén, Saulo estudió con el sabio fariseo Gamaliel. Pronto le llegaron rumores sobre Jesús de Nazaret. Deseando acallar sus dudas, Saulo se convirtió en el más ferviente perseguidor de los primeros cristianos. Presenció la lapidación del diácono Esteban y guardó con sangre fría las vestiduras de los asesinos. Su odio hacia los seguidores de Jesús se transformó en una envidia oculta por su martirio.
En el camino a Damasco, hacia donde Saulo se dirigía para sufrir más persecución, ocurre un milagro. Una luz cegadora del cielo lo arroja al suelo. Una voz pregunta: "¡Saulo! ¡Saulo! ¿Por qué me persigues?". Jesús se revela al perseguidor, y Saulo queda ciego. Tres días después, Ananías lo sana, y Saulo se convierte en Pablo, el instrumento escogido del Señor. A partir de ese momento, comienza su camino como gran predicador.
Libertad y conflicto con Pedro
Pablo proclama la doctrina de la justificación por la fe, no por las obras de la Ley. El Antiguo Testamento trae muerte y esclavitud, mientras que Cristo concede la bendita libertad. El Apocalipsis de Pablo contiene una poderosa experiencia de la Predestinación Divina: una gozosa certeza de la salvación de los elegidos. Esta audaz enseñanza desconcierta profundamente a los discípulos más cercanos de Jesús, acostumbrados a vivir según las reglas antiguas.
Surge un conflicto agudo y doloroso entre Pablo y Pedro. En el Concilio Apostólico de Jerusalén, se llega a un frágil acuerdo, pero más tarde, en Antioquía, Pablo acusa abierta y duramente a Pedro de cobardía e hipocresía por negarse a compartir una comida con griegos conversos. Pablo emprende tres grandes viajes a los paganos. Soporta palizas, naufragios y las burlas de los filósofos griegos en Atenas. Los detractores lo persiguen por todas partes. Deseando la reconciliación con los cristianos judíos, Pablo ofrece un sacrificio de purificación en el Templo de Jerusalén. Una multitud enfurecida se amotina. Escapando de una muerte segura gracias a su ciudadanía romana, Pablo exige ser juzgado por César.
Las ataduras romanas y el martirio
En Roma, Pablo pasó sus últimos años bajo custodia militar, encadenado levemente a un soldado. Continuó predicando incansablemente, incluso a los guardias de la Guardia Pretoriana, y penetró en la casa de César con la palabra de la Verdad. Durante el Gran Incendio del año 64 d. C., el emperador Nerón acusó a los cristianos de incendio provocado. Comenzaron ejecuciones horrorosas sin precedentes. Los creyentes fueron utilizados como antorchas vivientes para iluminar los jardines imperiales y arrojados a los leopardos en la arena del circo. Durante estos días de horror insoportable, muchos hermanos romanos se traicionaron cobardemente.
La tradición sostiene que Pedro y Pablo fueron ejecutados casi simultáneamente. Pedro fue crucificado cabeza abajo. Pablo fue decapitado en la Vía Ostiense. En el último instante, antes del golpe del verdugo, Pablo volvió a ver la misma luz sobrenatural que había visto en el camino a Damasco.
Entre dos mundos
En el año 410, las hordas bárbaras de godos, lideradas por Alarico, toman Roma. Todo el mundo civilizado tiembla de horror; San Jerónimo en Belén llora la destrucción de la raza humana, pero el obispo Agustín de Hipona mantiene una aparente calma. Comprende profundamente la inevitabilidad histórica del fin del antiguo orden. Agustín es retratado como el primer intelectual inquieto en el trono de la santidad, un hombre que intentó reconciliar una fe ferviente con una mente siempre inquieta y en constante búsqueda.
Aurelio Agustín nació en el año 354 en la ciudad africana de Tagaste. Su padre, Patricio, era un pagano apasionado, y su madre, Mónica, una cristiana ferviente e incondicionalmente amorosa. En su juventud, Agustín viajó a Cartago para estudiar retórica. Allí, el ambicioso joven se precipitó al abismo de las pasiones carnales. Conoció a una mujer anónima con quien vivió muchos años en estricta fidelidad, aunque sin llegar a un matrimonio legal. De esta relación nació un hijo entrañable, Adeodato.
Laberinto de delirios
Buscando una respuesta clara a la inquietante pregunta sobre el origen del mal, Agustín se fascinó con el maniqueísmo. La poderosa herejía de Manes explica el universo como la eterna lucha de dos esencias iguales: Luz y Oscuridad, Dios y el Contradios. Durante nueve años, el brillante retórico deambula por este oscuro laberinto de mentiras, intentando absolver a la humanidad de la responsabilidad del pecado. Su madre lamenta amargamente su fallecimiento espiritual e incluso lo expulsa de casa. Queriendo escapar de su familiar entorno cartaginés, Agustín engaña cruelmente a Mónica antes de zarpar, huye en secreto a Roma y luego se muda a Milán para enseñar elocuencia.
Aquí, el joven maestro comienza a asistir a los sermones del obispo local, Ambrosio. Al principio, solo evalúa con altivez la maestría de su oratoria, pero poco a poco comprende el significado oculto de lo que dice. Un encuentro casual con un mendigo borracho y despreocupado que canta en un callejón de Milán hace que Agustín sea profundamente consciente de su propia esclavitud interior y de la inutilidad de su carrera. Mónica, que ha venido a visitar a su hijo, exige con insistencia un matrimonio legal y rentable con la joven. Por el bien de la inminente boda, Agustín, con el corazón apesadumbrado, se separa de su amada y la envía de vuelta a África.
Una voz en el jardín
Su conocimiento de las obras de los neoplatónicos acerca a Agustín a la verdad, pero el avance definitivo en su comprensión se produce tras la historia del dignatario pontificio sobre el ermitaño egipcio Antonio. Esta historia de logro espiritual conmociona profundamente a Agustín. En el jardín de su casa milanesa, se arroja al suelo desesperado, rompiendo a llorar. De repente, la voz clara de un niño, desde detrás del muro, comienza a cantar: "¡Toma esto y lee!". Agustín abre las Epístolas del apóstol Pablo que estaban cerca y lee el llamado a renunciar a la lujuria y revestirse de Cristo. La oscuridad de años de duda se disipa al instante.
Poco después, Agustín fue bautizado junto con su hijo y amigo Alipio. De regreso a su África natal, mientras descansaba en Ostia, Agustín experimentó un breve momento de pura contemplación mística de la eternidad con su madre. Pocos días después de esta conversación, Mónica contrajo fiebre y falleció. De regreso a Tagaste, Agustín distribuyó sus bienes y fundó una modesta comunidad espiritual. La repentina muerte del joven Adeodato rompió los últimos y fuertes lazos terrenales del futuro gran santo.
La ciudad sitiada
Los habitantes de la ciudad costera de Hipona obligan a Agustín a aceptar las órdenes sagradas y, unos años más tarde, al episcopado. Durante cuarenta años, defiende incansablemente la pureza de la fe. El pastor libra una ardua polémica contra los cismáticos donatistas, rechazando su sangriento fanatismo y exigiendo el retorno de los perdidos mediante la palabra y la razón. En respuesta a la caída de Roma, Agustín escribe su colosal obra, La Ciudad de Dios. El tratado afirma la existencia de un estado divino invisible, inextricablemente ligado a la ciudad terrenal del diablo hasta el Día del Juicio Final. No hay accidentes sin sentido en la historia; todas las caídas y triunfos de los imperios son guiados invisiblemente por la Providencia.
La última gran controversia de Agustín gira en torno a las enseñanzas racionales de Pelagio. El monje británico niega el poder del pecado original y cree en la inocencia natural de toda persona nacida. Basándose en una introspección implacable, Agustín demuestra la profunda corrupción de la naturaleza humana, que requiere la gracia salvadora otorgada desde arriba. Su lógica teológica inflexible obliga al obispo a reconocer la realidad del tormento eterno incluso para los niños no bautizados. Este duro pensamiento horroriza al propio santo, privándolo de la paz mental en el umbral de la muerte.
La carrera de Agustín termina en el año 430. Una brutal horda de vándalos, liderada por Genserico, asedia Hipona. El obispo se niega categóricamente a abandonar a su rebaño y muere al décimo día de una fiebre severa, solo mientras recita salmos penitenciales. Más allá de las murallas de la ciudad, los bárbaros aúllan, anunciando la llegada de largos siglos de oscuridad histórica. Pero el rostro del pensador fallecido irradia la luz sobrenatural de la victoria suprema y la paz eterna.
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