Resumen de "El Abismo" de Alexander Ostrovsky.
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"El Abismo" es una obra de teatro de Alexander Ostrovsky, escrita en 1865. Su acción abarca casi 17 años, y este extenso lapso de tiempo nos permite observar no solo una disputa familiar, sino toda la historia del lento declive de Kirill Kiselnikov. Ostrovsky lleva al protagonista desde un pretendiente seguro de sí mismo hasta un hombre que pierde su dinero, su posición, su familia y su apoyo moral, y el final lo enfrenta al mismo suegro en cuya fuerza y prosperidad alguna vez confió.
Jardín de Neskuchny
La primera escena transcurre en el Jardín Neskuchny, cerca del río Moscova, y comienza como una conversación aparentemente inconexa: unos comerciantes y sus esposas comentan el juego de Mochalov y discuten sobre quién está arruinando a un hombre: sus malas amistades o él mismo. El tema central de la obra ya se vislumbra aquí: la tentación viene de fuera, pero el hombre mismo es responsable de su propia perdición si carece de firmeza y sentido común.
Entonces entran en escena Kirill Filippych Kiselnikov y su amigo Anton Antonych Pogulyaev, ambos aún muy jóvenes. Kiselnikov ya ha decidido casarse con Glafira Pudovna, hija del comerciante Borovtsov, y habla de ello como si fuera algo casi sensato: tiene una pequeña fortuna, una casa modesta y la esperanza de recibir la dote prometida, y se imagina su futuro familiar como una carrera militar y un nivel de vida moderado. Pogulyaev, en cambio, percibe de inmediato la debilidad de este cálculo: Kiselnikov aún no ha terminado sus estudios, no tiene rango, su salario será bajo y su dependencia de su suegro lo hará dependiente desde el principio.
La discusión entre los amigos también revela el carácter de Kiselnikov. No es ni inmoral ni malvado, sino confiado, amable, ajeno a las dificultades de la vida y dispuesto a reemplazar las experiencias difíciles con hermosas esperanzas, presagios de buena fortuna y fe en la fortaleza de los demás. Pogulyaev le advierte sin rodeos: la pobreza con familia e hijos puede fácilmente llevar a una persona a la humillación, luego a la indigencia y, finalmente, a recurrir a medios deshonestos.
Cuando llegan los Borovtsov y Glafira, la advertencia de Pogulyaev se confirma claramente. La familia de la novia es grosera, habla con sencillez y mal gusto; Glafira, incluso siendo joven, parece caprichosa, engreída y frívola; y sus conversaciones en casa casi de inmediato giran en torno a trivialidades, casamenteros, conocidos y matrimonios ventajosos. Kiselnikov ve este ambiente como «sencillo» e «inocente», pero Pogulyaev ve algo más: esa vulgaridad viscosa que lentamente absorbe a la persona y le impide escapar.
Es aquí donde resuena la imagen del abismo, que da título a la obra. Pogulyaev le dice a su amigo que la ignorancia es como un pantano: uno puede quedar atrapado en él sin darse cuenta y luego no salir jamás. Kiselnikov lo ignora, da el asunto por zanjado y se marcha con la seguridad de quien ha tomado una decisión antes de haberla meditado a fondo.
Vida familiar
En la segunda escena, han pasado siete años y todo lo que Pogulyaev temía se ha convertido en algo común. Kiselnikov tiene 29 años, una familia, un apartamento modesto, hijos, una constante escasez de dinero y una esposa que no lo respeta ni como marido ni como padre. El comienzo de la escena es casi cruel: Glafira, delante de su marido, pone a la pequeña Lizanka en su contra, le ordena que escupa a su padre y lo llame tonto, y luego pasa de los gritos a las amenazas con la misma naturalidad con la que suele hablar en casa.
Kiselnikov ya no es el amo de la casa, sino un hombre que lo tolera todo y trata de evitar que las cosas se conviertan en una pelea. Justifica a su esposa incluso cuando ella lo insulta, recordándose a sí mismo que hoy es su santo y, por lo tanto, "es soportable". Se sacude el polvo, se afana en las tareas del hogar y, con cada pequeño gesto, demuestra hasta qué punto la vida doméstica lo ha doblegado. Aún conserva un lado sensible, pero ya no es una virtud, sino un signo de impotencia.
La incomodidad familiar se transforma entonces en una humillación pública. Llegan los Borovtsov y resulta que Kiselnikov ha empeñado los pendientes de su esposa. Al mismo tiempo, esperan una recepción digna, comida y un despliegue de lujo que él no puede permitirse. Conocidos se reúnen en la casa, entre ellos Pereyarkov, Turuntayev y Pogulyayev, y durante toda la noche Kiselnikov oscila entre la deuda de su anfitrión y su absoluta falta de dinero.
El momento más conmovedor de esta escena gira en torno al ron para su suegro. Borovtsov exige su habitual obsequio, Glafira le pregunta burlonamente a su marido dónde está el ron y si siquiera tiene dinero, y Kiselnikov, casi llorando, se ve obligado a pedirle a Pogulyaev su último dinero. Aquí se hace evidente su ruina: ya vive a base de préstamos al azar, temeroso de hacer el ridículo delante de su familia, y se consuela con una ridícula superstición sobre el pan, la plata y la luna, que supuestamente promete un mes de abundancia.
Pogulyaev mira a su amigo con compasión, pero también con sobriedad. Dice que la pobreza es terrible no solo por las privaciones, sino porque arrastra a la persona a un círculo bajo, donde la falta va acompañada de superstición, desvergüenza y depravación moral. Kiselnikov sigue agradecido, sigue sabiendo valorar la amistad, pero ya no puede cambiar su hogar, ni a sí mismo, ni el orden en que vive.
Pobreza y culpa
La tercera escena traslada la acción cinco años más tarde. Kiselnikov tiene 34 años y, sentado de noche sobre papeles en una habitación destartalada, su madre, Anna Ustinovna, le habla de sus hijos enfermos, todos con fiebre. Glafira ya no vive, y Kiselnikov revela que murió porque no llamaron a un médico a tiempo: no había dinero, Borovtsov y su esposa no dieron la cantidad necesaria y, en su lugar, enviaron hierbas, un cinturón y a un curandero anciano.
Esta muerte transforma profundamente a Kiselnikov. En escenas anteriores, soportaba y justificaba lo sucedido; ahora habla de lo ocurrido con franqueza y dolor: su esposa fue asesinada y sus hijos quedaron huérfanos con un padre vivo que no supo protegerlos. Su desgracia familiar ya no puede atribuirse al mal genio de su esposa ni a la vida burguesa; él mismo sufre las consecuencias de años de dependencia, debilidad y opresión doméstica.
Al mismo tiempo, queda claro que la pobreza ha empujado a Kiselnikov al crimen. En esta escena no se profundiza en los detalles del caso, pero el desenlace se expone sin ambigüedad: Kiselnikov confiesa a su madre que es un «criminal criminal» y que un paso, quizás incluso un día, lo separa del trabajo forzado. En este punto, la obra deja de ser una crónica familiar en sentido estricto y se convierte en una historia de decadencia moral, a la que el protagonista fue empujado tanto por su entorno como por su propia sumisión.
Cuadrado
La escena final transcurre cinco años después, y aquí el tiempo parece llevar todos los diálogos al límite. Kiselnikov tiene 39 años, viste un abrigo viejo y ropas toscas, mientras que Borovtsov, un comerciante que alguna vez fue seguro de sí mismo, luce casi idéntico: camisas de percal prendidas a su abrigo y camisas colgadas sobre sus hombros como las de un vendedor ambulante. Ambos están sentados en una habitación destartalada con una estufa rusa, preparándose para ir a la plaza a vender sus productos.
Esto resulta especialmente impactante porque, al comienzo de la obra, Borovtsov parecía un hombre fuerte y adinerado, alguien en quien se podía confiar. Ahora, él mismo está arruinado y reducido al mismo nivel que su yerno, y su antigua dignidad de comerciante ha sido reemplazada por una existencia miserable, donde cuentan las monedas del té y se preparan para la recaudación del día. La caída de Kiselnikov ya no puede separarse de la ruina de toda la familia Borovtsov: la familia que él eligió para la paz y la prosperidad ha conducido al mismo destino para todos los involucrados.
Anna Ustinovna y Lizanka, ahora adultas y con diecisiete años, permanecen a su lado. Pogulyaev, el mismo amigo que años atrás predijo el futuro de Kiselnikov casi a la perfección, reaparece. Su aparición no es necesaria para dar una lección, sino para una prueba moral final: comparado con Kiselnikov y Borovtsov, sigue siendo un hombre honesto, con un corazón intacto.
El final de Ostrovsky es crudo y preciso. Kiselnikov le pide a Pogulyaev que se lleve a Liza y a su madre, que las proteja y no las abandone, porque son "gente honrada", mientras que él y su suegro se consideran ya incapaces de llevar esa vida. Tras esto, prácticamente se condena a sí mismo en voz alta: la gente honrada debe vivir según la voluntad de Dios, mientras que él y Borovtsov se ven obligados a ir a la plaza a comerciar, maldecir, estafar y arruinar sus almas. Con estas palabras, toma la mercancía, llama al anciano para que lo siga y se marcha, aceptando finalmente el "abismo" del que habló Pogulyaev en la primera escena.
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