"La isla muerta" de Nikolai Svechin, resumen
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"La isla muerta" es una novela policíaca histórica de Nikolai Svechin, publicada en 2014. Ambientada en la primavera de 1889, su principal atractivo no reside en un único misterio, sino en todo el sistema de trabajos forzados de Sajalín, donde las desapariciones, la falsificación y la violencia eran algo habitual desde hacía mucho tiempo.
La trama
Al principio, el director del departamento de policía, Durnovo, convoca al asesor colegiado Alexei Lykov, quien está de luto por la muerte de su mentor, Pavel Afanasyevich Blagovo, y casi ha perdido la compostura. En lugar de unas vacaciones, se le asigna una difícil misión en los confines del imperio: en Japón, cerca de Nagasaki, se han encontrado los cuerpos de tres convictos rusos, aunque, según documentos de Sajalín, siguen figurando como prisioneros. Ya en esta primera conversación, queda claro que no se trata de una simple fuga, sino de un grave fallo en todo el aparato punitivo.
La historia de los cadáveres resulta particularmente extraña porque el sirviente japonés logró identificar a los rusos por sus pertenencias, el cónsul Kostylev consiguió fotografiar los rostros de los muertos y, cuando regresó con la policía, los cuerpos ya habían desaparecido de la costa. Técnicamente, el crimen se cometió fuera del Imperio, pero Durnovo le da un significado diferente al incidente: si convictos condenados a cadena perpetua terminan en la costa japonesa, significa que alguien en Sajalín ha organizado fugas y las está encubriendo con papeleo. Lykov acepta la misión y se dirige a la isla, dándose cuenta de que no se enfrentará a criminales individuales, sino a una organización en la que la ley sirve de tapadera para la ilegalidad.
Servicio penal en Sajalín
El viaje al Lejano Oriente resulta largo y arduo, y la llegada a Sajalín disipa de inmediato las últimas ilusiones de Lykov de que se trate de un simple viaje oficial. La isla se rige por sus propias reglas: el gobernador de Sajalín, el general de división Kononovich, rinde cuentas al gobernador general del Amur, pero ejerce un poder prácticamente ilimitado a nivel local, lo que significa que todos los aspectos de la vida local dependen menos de la ley que de la voluntad de la administración. Este entorno, desde los primeros días, le sugiere al detective que la investigación deberá dirigirse no solo contra los criminales, sino también contra el entorno que los alimenta.
Lykov inspecciona prisiones, centros de tránsito y asentamientos, observando atentamente los rostros de convictos y funcionarios, y poco a poco se convence de que el sistema penitenciario de Sajalín lleva mucho tiempo funcionando con sus propias reglas internas. Le impresionan especialmente los dispositivos antimotines de la prisión: Birington le señala unas tuberías conectadas a una caldera de vapor, por las que se puede bombear vapor caliente a las celdas, aplastando instantáneamente cualquier resistencia. Este sistema lo explica todo: aquí todo se basa en el miedo, pero es precisamente el miedo lo que facilita los acuerdos secretos, la responsabilidad mutua y la costumbre de las autoridades de ignorar lo que tienen delante.
Durante sus viajes y rondas oficiales, Lykov se encuentra con una gran variedad de personas: desde funcionarios y guardias hasta exiliados que, a pesar de su condición de reclusos, resultan más útiles que muchos empleados libres. Entre sus ayudantes destaca Golunov, un empleado penitenciario que se comunica con el mundo de la prisión en un idioma que comprende. A través de estos personajes, la novela demuestra que en Sajalín, los límites entre "servicio", "servidumbre penal" e "industria" se desdibujan: un exconvicto puede ser un ayudante indispensable, y un guardia oficial puede participar en un negocio criminal.
Avances de la investigación
A medida que avanza la investigación, Lykov comprende con mayor claridad el mecanismo mediante el cual los criminales subyugan a la administración penitenciaria. Los guardias pueden ser sobornados, intimidados o, en primer lugar, llevados al límite mediante disturbios orquestados artificialmente, para luego ofrecerles la paz a cambio de que obedezcan a quienes saben cómo "pacificar" a los presos. Esto nos lleva a la idea principal de la investigación: las fugas no son aleatorias; son imposibles sin personas uniformadas, sin registros falsos y sin un camino despejado.
Lykov no se queda en su oficina, sino que recorre constantemente la isla, verificando testimonios, revisando documentos, inspeccionando escenas del crimen y arriesgando su vida en numerosas ocasiones. En una escena, examina el cuerpo de un hombre asesinado, descubre una bala alojada en el hueso occipital y la extrae él mismo con un cuchillo, pues para él, cada pequeño detalle podría ser una pista clave en toda una cadena de crímenes. En otra ocasión, su ansiedad es tan intensa que ordena a los cosacos que mantengan sus armas preparadas, y su presentimiento se confirma: la investigación sigue el rastro de personas acostumbradas a responder preguntas con emboscadas y disparos.
Una parte crucial del caso gira en torno al papeleo, y es aquí donde Lykov se topa con el aspecto más peligroso del sistema de Sajalín. Descubre que los convictos que necesita parecen no existir: sus nombres han desaparecido de los registros, no figuran ni entre los vivos, ni entre los muertos, ni entre los trasladados, como si alguien los hubiera borrado del mapa oficial de la isla. Esta brecha entre la realidad y los registros es más elocuente que cualquier denuncia, porque el detective ya no se enfrenta a tres fugitivos que lograron escapar, sino a un sistema bien establecido para ocultar sus huellas.
Huellas de escape
Lykov llega a creer gradualmente que la esclavitud penal de Sajalín está mucho más vinculada a la costa japonesa de lo que se suele admitir. La sospecha de la participación de la yakuza, expresada al inicio del caso, cobra cada vez más fuerza: los fugitivos son recibidos, escoltados a través del mar y utilizados como mercancía, fuerza o material prescindible. En este sistema, los propios criminales se convierten en peones, por lo que las muertes de los tres hombres encontrados frente a Nagasaki no parecen ser un acto de crueldad fortuito, sino la consecuencia habitual de una lucha interna por dinero, seguridad y silencio.
El detective actúa con dureza, a veces casi al límite, porque el submundo criminal local no entiende de idiomas. En un episodio impactante, se topa con un asesino que, escondido tras una puerta, exige un médico, alegando enfermedad e intentando hablar con la policía como un hombre que ya confía en su impunidad. La respuesta de Lykov es inmediata y despiadada: derriba la puerta de una patada y acaba con su adversario sin más dilación. Esta escena no es meramente dramática: demuestra la intensidad del caso y hasta qué punto la novela se aleja del típico trabajo de detective aficionado.
Los últimos movimientos
Al final de la investigación, las observaciones individuales de Lykov comienzan a unirse para formar una imagen coherente. Hay personas que operan en Sajalín expertas en ocultar prisioneros del registro, eludir la vigilancia, enviarlos al mar y luego borrar sus huellas para que todo parezca estar en orden sobre el papel. Precisamente por eso, la investigación avanza en dos frentes: es necesario comprender quién sacó clandestinamente a los fugitivos y, de igual importancia, quién dentro de la administración de la isla los hizo "invisibles".
La novela concluye este asunto de forma discreta, pero no con un informe oficial, sino con un gesto humano que queda grabado en la memoria de Lykov. Al final, recibe una carta de «Buffalyonok», quien le explica que dudó en pedir permiso para su plan porque se lo habrían denegado, y la misión requería que desapareciera de la isla de forma espectacular y sin dejar rastro. En una segunda carta, dirigida personalmente a Alexei Nikolaevich, «Buffalyonok» se despide, le agradece a él y a su familia toda su amabilidad y le pide que lo recuerden y recen por él. Con esta nota de afecto personal y separación irreparable, la novela termina.
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