"Una fotografía en la que no aparezco" de Viktor Astafyev, resumen
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Este libro, escrito en 1968, es un relato autobiográfico de la infancia en Siberia. Ofrece una conmovedora descripción de la vida rural en la década de 1930, narrada a través de los ojos de un niño de pueblo. El autor muestra el profundo respeto de los campesinos por la educación y la intelectualidad, retratando relaciones humanas sinceras en medio de la dureza de la vida cotidiana.
Este relato forma parte del extenso ciclo autobiográfico del autor titulado «La última reverencia». Este ciclo consta de numerosas novelas cortas y relatos que comparten personajes y escenarios comunes. Otras obras destacadas del ciclo son «El caballo de crin rosa», «La canción de Zorka» y «El monje de los pantalones nuevos». Este relato se integra a la perfección en la cronología general de la infancia del protagonista, constituyendo uno de los primeros capítulos del primer libro del ciclo.
Esperando un evento
En pleno invierno, la tranquila aldea siberiana de Ovsyanka se vio conmocionada por una noticia insólita. Un fotógrafo profesional llegó de la ciudad en una carreta para fotografiar a los alumnos de la escuela local. Para los aldeanos, este acontecimiento fue de suma importancia. Se suspendieron las clases y los alumnos comenzaron a discutir acaloradamente sobre la sesión fotográfica. El maestro, Yevgeny Nikolayevich, y su esposa empezaron a decidir dónde alojar a su importante invitado durante la noche. Ellos mismos se refugiaron en la mitad destartalada de una vieja casa, los restos de un campesino desposeído.
Tras mucha deliberación, los profesores decidieron alojar al fotógrafo en casa de Ilya Ivanovich, empleado de la empresa de rafting. Ilya Ivanovich era un hombre culto y respetado, con una casa espaciosa. El profesor se dirigió personalmente a él con la petición, y el dueño accedió amablemente a alojar al huésped, ofreciéndole mejores condiciones. El fotógrafo trajo consigo una multitud de objetos misteriosos: una voluminosa cámara sobre un trípode, una capa negra y flashes de magnesio, que asombraron a los niños.
Distribución de asientos
Se desató un acalorado debate entre los escolares sobre quién se colocaría dónde en la próxima foto. Los alumnos comprendían las reglas tácitas: los alumnos más brillantes y aplicados se sentarían en la primera fila, mientras que los más pobres y traviesos serían enviados al fondo. El protagonista de la historia, Vitya, y su mejor amigo Sanka, pertenecían a esta última categoría. No se caracterizaban por su buen comportamiento ni podían presumir de buenas notas.
Al darse cuenta de que estaban destinados a quedar en segundo plano, donde sus rostros apenas serían visibles, los chicos decidieron protestar. Esa tarde, se dirigieron al tobogán de hielo. El descenso en trineo se prolongó durante un buen rato. Vitya y Sanka se absortaron en el juego, ajenos al tiempo y al frío. Permanecieron afuera hasta que anocheció, hasta que se congelaron por completo. Vitya, con ropa fina y calzado inadecuado, se enfrió muchísimo. Sus pies se mojaron y se congelaron, lo que tuvo graves consecuencias.
Tormentos nocturnos
Esa noche, Vitya despertó con un dolor insoportable en las piernas. Empezó a gemir y luego a llorar desconsoladamente. Sus llantos despertaron a su abuela, Ekaterina Petrovna. Enseguida comprendió lo que le pasaba: el niño se había resfriado y ahora sufría un ataque de reumatismo. Su abuela empezó a regañar a su nieto por su imprudencia, recordándole todas sus travesuras y desobediencia recientes. Se lamentó, quejándose de su difícil situación y de lo complicado que era criar a un huérfano.
A pesar de las duras palabras, Ekaterina Petrovna actuó con decisión y cariño. Sacó amoníaco de sus provisiones y comenzó a frotar vigorosamente las piernas doloridas de Vitya. El penetrante olor a amoníaco llenó la cabaña. La abuela le frotó las piernas hasta que sus propios brazos se cansaron y la piel del niño se enrojeció. Luego le envolvió las piernas con chales calientes y lo cubrió con una manta gruesa. Vitya fue entrando en calor poco a poco, el dolor disminuyó ligeramente y solo pudo conciliar el sueño en la madrugada, exhausto por el sufrimiento.
Día de rodaje
Llegó la mañana del gran día. Su abuela despertó a Vitya, pero el niño se dio cuenta de que no podía levantarse. El dolor había regresado y cada movimiento le causaba molestias. Ekaterina Petrovna examinó a su nieto y le dio un veredicto severo: no podía ir a la escuela en ese estado. Vitya comprendió que se perdería la sesión de fotos tan esperada. Se tumbó sobre la estufa, conteniendo las lágrimas de dolor y decepción.
Poco después, Sanka entró corriendo en la cabaña. Vestía su mejor camisa y estaba listo para esta ocasión histórica. Al ver a su amigo enfermo, Sanka se enteró de lo sucedido. Vitya anunció con amargura que no asistiría a la sesión de fotos. Sanka se quedó de pie en medio de la habitación, asimilando lo que había oído. Entonces tomó una firme decisión: «¡Entonces yo tampoco iré!». Sanka se negó a ser fotografiado sin su mejor amigo. Se quitó la camisa y permaneció sentado junto a Vitya, apoyándolo en aquel difícil momento.
El tratamiento de la abuela
Al día siguiente, el estado de Vitya no había mejorado. Su abuela decidió recurrir a un tratamiento radical. Calentó la sauna y preparó hierbas medicinales especiales. Ekaterina Petrovna cargó a su nieto enfermo sobre su espalda y lo llevó a través de la nieve hasta la sauna. Allí, le dio un largo y completo baño de vapor con ramas de abedul, masajeando su piel con infusiones de hierbas.
La abuela no escatimó esfuerzos para exorcizar la enfermedad del delgado cuerpo del niño. Lo sometió a baños de vapor tan intensos que Vitya apenas podía respirar por el calor. Después del baño, Ekaterina Petrovna llevó a su nieto a cuestas, lo acostó y le dio té caliente de frambuesa. El cuidado y el amor de la abuela, ocultos tras su aparente severidad, ayudaron al niño a recuperarse. En pocos días, el dolor desapareció por completo y Vitya pudo caminar solo.
Visita del profesor
Poco después de la partida del fotógrafo, el maestro Yevgeny Nikolayevich llegó a casa de Ekaterina Petrovna. Su llegada causó gran revuelo. La abuela se apresuró a poner la mesa, sacando los mejores manjares que guardaba para ocasiones especiales. Se afanaba por dar una bienvenida digna al distinguido invitado.
El maestro trajo consigo la misma fotografía, en la que aparecían todos los alumnos de la escuela de Ovsyanka. Se la entregó a Vitya. El niño la observó detenidamente, reconociendo a sus conocidos, a sus compañeros de pupitre e incluso a los que estaban en la última fila. Todos aparecían en la fotografía, excepto Vitya y Sanka. Yevgeny Nikolayevich se sentó a la mesa, comenzó a tomar té y a conversar tranquilamente con Ekaterina Petrovna. Hablaron de la vida, de los asuntos del pueblo y del futuro de los niños.
El papel de un maestro en un pueblo
La historia describe con detalle la figura de Yevgeny Nikolayevich y su importancia para los habitantes de Ovsyanka. El maestro y su esposa habían llegado recientemente al pueblo, pero pronto se ganaron el cariño y el respeto de todos. Eran jóvenes, entusiastas y se preocupaban sinceramente por sus alumnos. Los aldeanos fueron testigos del esfuerzo de los maestros por mejorar la escuela, a pesar de los escasos recursos y las difíciles condiciones.
Yevgeny Nikolayevich cortaba leña para la escuela, reparaba los pupitres rotos y a menudo compraba útiles escolares con sus escasos recursos. Organizaba una campaña de reciclaje para recaudar dinero para lápices y cuadernos para los estudiantes pobres. Los aldeanos les demostraban una profunda gratitud a sus maestros. Las mujeres les llevaban leche y huevos, y los hombres ayudaban con las reparaciones de las casas. Para los aldeanos, el maestro se convirtió en algo más que un profesor; era también un sabio consejero al que acudían en busca de ayuda en situaciones difíciles.
Memoria histórica
Al contemplar la fotografía, Vitya reflexiona sobre el destino de las personas que aparecen en ella. Se da cuenta de que ese pequeño trozo de cartón encierra la historia de toda una generación. Muchos de los niños risueños y traviesos que lo miran desde la fotografía pronto se enfrentarán a duras pruebas. Algunos morirán en el frente de la guerra que se avecina, otros abandonarán para siempre su aldea natal, y otros más permanecerán para trabajar la tierra de sus ancestros.
De adulto, el narrador atesora esta fotografía, a pesar de no aparecer en ella. Para él, se ha convertido en un símbolo de su infancia perdida, de su profunda amistad con Sanka y del trabajo desinteresado de los maestros del pueblo. El autor percibe la vieja fotografía como una especie de crónica nacional, una historia monumental que preserva los rostros y personajes del pasado, impidiendo que caigan en el olvido.
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