"Prueba nº..." de Boris Vasiliev, resumen
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La historia fue creada en 1986. La trama gira en torno al trágico destino de Anna Fedotovna, quien perdió a su único hijo durante la Gran Guerra Patria, cuya memoria fue cruelmente pisoteada por escolares indiferentes en aras de un informe burocrático.
Octubre y la despedida del frente
Una mañana de otoño de 1941, Igorek abandona su apartamento comunitario para defender la capital. Recibe la orden de presentarse a las siete, armado con lo indispensable de un soldado: una cuchara y una taza. Su vecino, Volodya, un veterano de primera línea en rehabilitación, le da al joven un consejo severo y varonil. Anna Fedotovna permanece inmóvil en el umbral, incapaz de contener el llanto. Los vecinos observan con ansiedad desde sus habitaciones, contemplando la frágil espalda del muchacho. Al bajar las escaleras, Igorek se gira y pronuncia una breve promesa de regresar a casa. Estas palabras quedan grabadas para siempre en la memoria de su afligida madre.
Noticias desde el frente
A mediados de diciembre, Anna recibe la única carta de su hijo. Está escrita apresuradamente con lápiz indeleble en una hoja arrancada de un cuaderno. Igor informa alegremente sobre los éxitos de los soldados, pregunta por el paradero de su vecina Rimma y espera unas vacaciones rápidas. Sin embargo, el cartero pronto trae una segunda carta, escrita con letra ajena. El sargento Vadim Perepletchikov informa a Anna Fedotovna de la heroica muerte de su hijo. Tiempo después, llega el aviso fúnebre oficial. Durante tres días, el apartamento común resuena con sollozos, tras los cuales Anna deja de llorar para siempre.
Una vida militar difícil
Para sobrevivir, una excontable acepta un trabajo como acopladora de vagones en la estación de Savelovsky. El duro trabajo físico entre enormes trenes la ayuda a ahogar sus pensamientos opresivos. Comparte generosamente sus raciones de comida con los huérfanos vecinos. Las demás residentes del edificio comunitario son viudas, cuya vida en comunidad las une en una sola familia. Masha Volkova tiene tres hijos, Lyuba cría gemelos y Polina cría a su hija, Rozochka. Se apoyan mutuamente, cultivan patatas juntas y celebran modestos servicios conmemorativos en honor a sus maridos asesinados.
Regreso a la paz
Los combates cesan y Vladimir, el vecino herido, el único superviviente, regresa al apartamento. Pronto se casa con Rimma, la vecina. Igor había soñado con cartearse con ella, por lo que a Anna Fedotovna le cuesta aceptarlo. Cuando nace su primer hijo, Vladimir quiere llamarlo Igor. Rimma se niega rotundamente, insistiendo en llamarlo Andrei en memoria de su padre fallecido. Los recién casados hacen una promesa al Komsomol de llamar a su siguiente hijo Igor, pero en su lugar nace una niña llamada Valya.
Nuevos parientes
Tras superar su resentimiento oculto, Anna Fedotovna se convierte en una verdadera abuela para los hijos de los vecinos. Cuida con generosidad al enfermo Andreyka, lo recoge de la guardería, le da de comer y lo lleva a pasear. Rimma confía de buen grado la crianza de los niños a su vecina mayor. Poco a poco, los inquilinos mayores se mudan, dejando espacio libre. La familia de Vladimir permanece en el piso compartido, registrando todas las habitaciones disponibles a su nombre. Se niegan rotundamente a abandonar a la mujer solitaria. Anna combina su pensión con el presupuesto familiar y se encarga de las tareas domésticas.
Ritual sagrado
Cada noche, antes de acostarse, Anna Fedotovna saca una caja de madera. Dentro guarda un mechón del cabello de su hijo, su insignia de Pionero, fotografías amarillentas y dos cartas. Como el papel estaba muy desgastado, transcribió los textos a máquina. Al leer estas líneas, oye claramente las voces vivas de Igor y el sargento Vadim. Sus voces graves, claras y juveniles resuenan en su mente con absoluta nitidez. El obituario oficial, en cambio, se siente como una pesada lápida. Este ritual nocturno se convierte en el fundamento de su existencia.
espejismos de pantalla
En 1965, la programación televisiva estaba repleta de documentales de guerra. Anna Fedotovna siempre evitaba esos programas, temerosa de ver la muerte de los soldados en el frente. Pero un día, por casualidad, divisó la espalda de un joven con un abrigo sucio en la pantalla. Convencida de que era Igor, comenzó a ver obsesivamente todas las imágenes de la guerra. Se sentaba cerca del viejo televisor, con la esperanza de volver a captar aquella imagen tan preciada. Su hijo nunca volvió a aparecer, pero la prolongada exposición a la violencia le dañó irreparablemente las retinas.
La vida en la oscuridad
El espacio que rodea a Anna Fedotovna se sumerge gradualmente en una oscuridad impenetrable. Sus gafas dejan de funcionar y las letras de sus cartas se vuelven borrosas, convirtiéndose en franjas grises. Al perder la capacidad de leer por sí misma, le confía su secreto a su nieta, Valya, ya adulta. La mujer ciega continúa moviéndose por el apartamento guiándose por el tacto. Lava los platos, prepara sopa y lava la ropa. Cuando Valya da a luz a una hija, Tanechka, Anna Fedotovna encuentra una nueva enfermera. La niña crece y toma el relevo de su madre al lado de la anciana, recitándole las noticias del frente.
Recuerdos del pasado
En las horas previas al amanecer, Anna Fedotovna suele rememorar la infancia de su hijo. Lo imagina bañándose en una tina, viendo sus primeros pasos y escuchando su risa alegre. Le viene a la mente un episodio cómico de la escuela. Volodka, el mocoso del vecino, convenció al obediente Igor para que huyera a España a luchar contra los nazis. Los jóvenes rebeldes fueron interceptados en la estación de Belorussky y regresaron sanos y salvos a casa. Estos recuerdos le tranquilizan y la ayudan a mantener la compostura.
La visita fatal
Corre el año 1985. Los Pioneros se preparan con entusiasmo para el cuadragésimo aniversario del Día de la Victoria, reuniendo materiales para una exposición temática. Tras enterarse de la existencia de las cartas por la locuaz Tanya, un comité de tres escolares visita a Anna Fedotovna. La anciana, ciega, pide recuperar la caja de su cómoda y ofrece a los niños copias impresas. La niña que lidera el grupo se niega rotundamente, exigiendo los originales. Acusa groseramente a la anciana de egoísmo y la chantajea descaradamente con la amenaza de muerte inminente. Indignada por tal cinismo, Anna ordena que le devuelvan los documentos.
Pérdida y estupidez
Esa noche, una extraña inquietud impulsa a la mujer a pedirle a Rimma que revise la caja. Resulta que los Pioneros robaron cínicamente los originales. Solo queda el aviso fúnebre oficial en el fondo de la caja. Al oír este veredicto, Anna Fedotovna pierde el conocimiento. Los paramédicos estabilizan su electrocardiograma, pero su mundo interior se desmorona por completo. Se escucha atentamente a sí misma, pero las voces vivas de Igor y Vadim se desvanecen para siempre. Los papeles no fueron robados de la cómoda, sino arrancados directamente de su alma.
Final frío
En lugar de las cálidas palabras de su hijo, un texto oficial y despiadado resuena en la cabeza de la anciana. Una voz gélida informa con frialdad la muerte del soldado Silantyev. Lágrimas reprimidas décadas atrás brotan sin control de sus ojos sin vista. Una humedad salada sigue resbalando por sus mejillas incluso después de que su corazón deja de latir. Las reliquias robadas nunca encuentran un lugar en los tablones de anuncios de la escuela. Son archivadas como material histórico secundario, con un frío número de inventario asignado.
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