"Nuestro corazón" de Guy de Maupassant, resumen
Este libro es la última novela que Guy de Maupassant terminó de escribir, publicada en 1890. El autor explora el conflicto emocional entre la necesidad del hombre de un amor sincero y apasionado y la superficialidad espiritual de la mujer de la alta sociedad de la nueva época.
El círculo social y de amistad de Madame de Burne
El compositor Massival lleva a su amigo André Mariolle al salón de Michèle de Burne, una viuda de veintiocho años. Mariolle, de treinta y siete años, es una mujer adinerada e independiente, soltera, que posee una colección de arte, toca el violín y esculpe. Tras sobrevivir a un matrimonio de cinco años con un marido maltratador, la señora de Burne mantiene su independencia y atrae a un selecto círculo de conocedores de arte. Su casa en la Rue Général Foy acoge regularmente cenas presididas por su padre, el señor de Pradon.
Entre los asiduos al salón se encontraban el escritor Gaston de Lamarte, el filósofo Georges de Maltrie, el barón de Graville y Fresnel, un fiel admirador apodado "la foca" por sus amigos. En su primer encuentro, André y Michel entablan una conversación franca sobre arte, literatura y la naturaleza de los sentimientos femeninos. Al marcharse, Lamarte advierte a Mariolle de la inevitabilidad de una crisis amorosa, ya que su amante atrae a los hombres sin entregar su propio corazón a cambio.
Poco después, Mariolle le envía una carta a Madame de Burne anunciándole su intención de abandonar París para escapar de su sufrimiento. Para disuadirlo, la joven invita a André a conversar y le ofrece una amistad sincera, advirtiéndole sin rodeos sobre su propia incapacidad para la pasión profunda. Mariolle acepta, pero comienza a enviarle diariamente cartas anónimas, llenas de discreta adoración. Estos mensajes sinceros conmueven profundamente a Michèle, y André se convierte en su compañero más íntimo.
Un viaje a Normandía y un escondite secreto
En verano, Madame de Burne va a Avranches a visitar a su tío, el ingeniero Valsazi. Hace los arreglos necesarios para que Mariolle llegue allí casi por casualidad. Junto con Monsieur de Pradon y los Valsazi, se dirigen a la abadía de Mont Saint-Michel. Tras ascender las vertiginosas alturas del «Sendero de los Locos», André ayuda a la asustada Michèle. Emocionada por las alturas y el entorno romántico, ella susurra su nombre por primera vez, y esa noche, acude en secreto a su habitación en la posada.
De regreso a la capital, Mariolle alquila una casa de campo apartada con jardín en Auteuil, en la Rue Vieux-Champs, bajo el nombre de Monsieur Nicolas. Sus primeros encuentros en Auteuil alegran a André, pero poco a poco percibe el distanciamiento emocional de su amante. La intimidad física no logra despertar en ella un impulso apasionado recíproco.
Madame de Burne exige que Mariolle regrese a sus reuniones sociales. En su salón, él observa con dolor la aparición del diplomático austriaco, el conde Rudolf von Bernhaus, apodado "el elegante Bismarck". En una velada musical con la cantante marquesa de Bratian y el compositor Massival, Michel le presta especial atención al conde. En conversaciones sinceras con André, ella admite que lo ama "a su manera", pero es incapaz de cambiar su naturaleza para complacer sus exigencias.
Enfriamiento de las relaciones y salida de París
Con la llegada del invierno, Madame de Burne se sumerge en un torbellino de vida social. Su acercamiento a la princesa von Malten, esposa del embajador austriaco, le abre las puertas de la alta sociedad. Sus encuentros en Auteuil se vuelven escasos. Mariolle la espera durante horas en el cobertizo de madera que construyó junto a la puerta del jardín, mientras la lluvia otoñal arrastra los crisantemos.
Durante sus encuentros, la joven se distrae con los chismes sociales, como el escándalo que involucra a la esposa de Massival, quien ha desatado una escena de celos. En un húmedo día de abril, Michel llega a una cita, pero se niega a quitarse el abrigo de piel, alegando un resfriado. Mariole se da cuenta de que su farsa se ha agotado. Al comprender la inutilidad de intentar despertar sus sentimientos, le escribe una carta de despedida y parte hacia Fontainebleau.
André encuentra una casa apartada en el pueblo de Montigny, a orillas del río Loing. El aire puro y el bosque primaveral le brindan paz al principio, pero pronto su añoranza por Michelle y sus celos hacia el conde Bernhaus resurgen con renovada fuerza.
Conocer a Elizabeth y la soledad rural
Durante un paseo hacia la cercana Marlot, Mariolle cena en el Hotel Corot y se fija en una joven parisina, Elisabeth Ledru, que trabaja allí como camarera. Al enterarse de su orfandad, de la huida de su padre alcohólico y del acoso que sufría por parte de los artistas que la visitaban, André le ofrece un puesto de ama de llaves en Montigny con el salario habitual de cien francos.
La joven se muda con él, ordena la casa y decora las habitaciones con flores frescas. Poco a poco, surge entre ellos un tierno afecto. Al encontrar a Elizabeth en el baño por la noche, Mariolle queda cautivado por su frescura y se convierten en amantes. El amor sencillo de la joven le brinda a André consuelo físico, pero no logra borrar de su memoria la imagen de Madame de Burne.
Aquejado de fiebre, Mariolle escucha a Elisabeth leerle en voz alta Manon Lescaut. En la sincera empatía de ella hacia los personajes, ve reflejado su propia tragedia. Incapaz de soportar la incertidumbre, André envía un telegrama desde Fontainebleau a Madame de Burne, confesándole su incapacidad para olvidar nada.
El regreso de Madame de Burne y el doble compromiso
Al día siguiente, Madame de Burne llega inesperadamente a Montigny. Mientras pasea junto al río Loing, le explica a André que valora su devoción y desea que siga siendo su compañero inseparable. Lo invita a aceptar su carácter, asumiendo su fría afectividad y confianza a cambio de su pasión no correspondida.
Mariolle acepta regresar a París y retomar su papel de amante. Al despedir a Michelle en la estación, reconoce la desesperanza de su situación, pero cede a su propia atracción. Mientras camina por el bosque, ve dos árboles unidos — un haya que abraza a un roble — y lo interpreta como un símbolo de su dependencia.
Al regresar a casa, André encuentra a Élisabeth, quien, tras percatarse de la llegada de su rival, llora desconsoladamente en la iglesia del pueblo. Para consolarla, le promete alquilarle un apartamento en París y seguir cuidándola. Mariole acepta esta doble vida, resignándose a su destino y a la imposibilidad de encontrar la felicidad plena.
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